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Cursillo de ascensión al Mont-Blanc, testimonio

( El relato de mi cursillo Mont-Blanc, texto y fotos de Luis Gil Soria, Doctor en medicina )

El Mont Blanc ya está conquistado. Pero no es una conquista únicamente montañera, que lo es y mucho pese a lo que digan algunos, no es una muesca más en la culata de mi piolet. Es una conquista íntima y personal, la culminación de un sueño, de un reto, que revivo una y otra vez, sin perder ni un ápice de la intensidad del momento en que pisé su cumbre. Es el inicio de un largo camino como alpinista, el comienzo de la conquista de todas las cumbres del planeta que vayan estando a mi alcance.

 

Ahora, casi un mes después, estoy sentado delante de mi ordenador, con el cursor del Word parpadeando impaciente, esperando que empiece a relatar mi pequeña historia en el Mont Blanc para aquellos compatriotas que también sueñen con llevarse a casa el “techo de Europa”. Pero ojo.  El Mont Blanc es un objetivo más, quizás el principal, el más atractivo, pero ¡¡¡NO ES “EL” OBJETIVO!!!. Todo lo que rodea y supone la preparación, la aclimatación, las escuelas, los refugios y, sobre todo, las relaciones personales, que seguro que se establecerán; en definitiva, todo lo que se vive a lo largo de la semana que constituye el programa que yo elegí, valen en sí mucho más que el mero hecho de volver a España diciendo: “escalé el Mont Blanc”. Yo disfruté tanto en cada momento a lo largo de la semana, me reí tantísimo, aprendí tantas cosas, que llegó a importarme relativamente poco el hecho de hacer cumbre o no. A fin de cuentas, como siempre me he dicho, el Mont Blanc no lo quitan y estará ahí el año que viene, o al otro, o al otro… Y en todo eso tuvo un papel no importante, sino imprescindible, la gente de Le Pays d’En Haut.

 

Todo empezó en el mes de Marzo. A mis 29 años, siendo asturiano y viviendo en Asturias, se puede decir que soy un paisano semi-experto en montaña de “tres estaciones”. La cercanía de mis queridos Picos de Europa, me permitió en el último invierno hacer unas cuantas invernales, donde me fui soltando con estas herramientas tan valiosas: piolet, crampones, cuerda…Y, como la vida pasa rápido y los años ni te digo, decidí indagar sobre las posibilidades que los Alpes ofrecían a alguien como yo. Ya había leído alguna vez que el Mont Blanc era un montañón, al que había que respetar, pero que al mismo tiempo era asequible técnicamente. Ni a mi, ni a nadie que conozca, nos resulta indiferente alcanzar la cima de Europa. Si se puede hacer pues mejor. Y así me puse a buscar en la web todo lo que pude y más, hasta que la página del Google no quería abrirse de lo que la había quemado. Buceé más que navegué por todos lados y encontré cientos de ofertas sobre guías españoles, ingleses, alemanes…ah!  y franceses. Ofertas de todo tipo. Más o menos caras, más o menos días, unas u otras rutas, más o menos noches en altura para aclimatar… Después de mucho sopesar me decidí por Le Pays d’En Haut.

 

Pues bien, con todo esto en la cabeza, tomé la decisión, una de las más acertadas de mi vida, convencí a un gran amigo para que me acompañara. Renovamos y mejoramos el equipo y, después de 2 meses esperando, llegó el momento de lanzarnos a una aventura irrepetible, en la que, insisto, los guías de Le Pays d’En Haut fueron la pieza genial e imprescindible.

 

DOMINGO 19 DE JUNIO 

 

 

Encuentro a las 8 en la estación del tren de cremallera de Montenvers. Nada más llegar, nos dimos cuenta de que íbamos a encajar en el grupo. Hay gente que cuando te recibe te das cuenta de que sonríe porque lo siente y otros que lo hacen sólo porque es su trabajo. Marc, nuestro guia, sin duda era de los primeros. Enseguida nos presentamos: 3 nacionalidades distintas, perfectamente avenidas desde el principio. Además, 4 de nosotros éramos médicos, con lo que el vínculo se hizo especial desde el principio y ahora, varios meses después, se mantiene, con proyectos futuros para montañas de todo el mundo.

Transcurrió un día muy divertido y útil en la escuela de hielo de la Mer de Glace, donde algunos dieron sus primeros pasos con los crampones, el piolet, el hielo y sus pendientes y, sobre todo, con el resto del grupo. Siempre guiados por Marc, que no dejaba ocasión para explicarnos los detalles mas pequeños de esta montaña o de aquel riachuelo subterráneo, obviamente más allá de lo que era su mero trabajo. Y hay que hacer mención sin duda a la tremenda paciencia con la que hablaba en francés y traducía al ingles y al español, con perfección total. No podía ser que no nos enteráramos de lo que decía. Y siempre con un asombroso buen humor. Aparte de lo divertido, fue un día de lo mas útil, una toma de contacto progresiva con aquel mundo diferente que yo ya conocía algo, pero que la mayoría pisaba por primera vez.

La segunda parte del día, nos llevó al refugio Alberto Primero, después de un sendero por praderías alpinas y cuya parte final transcurría por la morrena del increíble glaciar de Tour Arriba, a 2700 metros. Dejar pasar el tiempo tumbados en la terraza del refugio al solete, sobre el glaciar, pensando en lo que se nos venía encima en los próximos días ya es una experiencia en si.

 

 

LUNES 20 DE JUNIO

Como todos los días siguientes, amanecimos antes que el amanecer, para lanzarnos a la nieve glaciar, que no dejaríamos en los siguientes 3 días. Ver amanecer sobre la Aiguille du Chardonnet, mientras vas aprendiendo a reconocer las grietas, casi imperceptibles, en el hielo del glaciar que pisas, nos hizo darnos cuenta de que estábamos metidos de lleno en la aventura. Casi sin darnos cuenta, por una cresta meritoria pero no difícil, coronamos nuestra primera cumbre de los Alpes, la Tete Blanche, de 3429 metros y, tras ella, otra de más entidad, la Petite Fourche, de 3520. Las vistas desde ella son indescriptibles, con los Alpes del Valais de frente (Cervino, Monte Rosa), a la izquierda los Alpes del Oberland (Eiger,Jungfrau), delante justo, el solitario y magnífico Grand Combin, que nos acompañaría en todo nuestro periplo en Suiza y, en definitivo, un mundo de montañas incomparables.

Para descender al Plateau de Trient, los guías podían optar por bajar por el mismo camino de subida a pie, o bien montar un increíble rápel de unos 50 metros, salvando dos rimayas. Decidieron lo segundo, de verdad creo que porque disfrutan si sus clientes lo pasan bien, porque obligación no tenían. Con no decirnos nada, nadie hubiera sabido que se podía bajar rapelando.

Una vez en el inmenso Plateau de Trient, dos horas de caminata sobre glaciar a pleno sol nos dejaron en el refugio de Trient, que es una preciosa cabañita de piedra y madera sin luz ni agua, pero de lo más acogedor y con un cocinero que no te lo crees: ensaladas de diseño, pollo al curry, plátano flambeado… Una cosa increíble, vamos.

 

 

MARTES 21 DE JUNIO

 

Nos levantamos aún más pronto, hasta el punto de no saber muy bien si desayunábamos o más bien estábamos cenando tarde. Nuestro destino es la Aiguille du Tour, al otro lado del Plateau. Se trata de una escalada-trepada mixta, con un primer corredor de nieve alucinante, pero facil, y una segunda parte mas larga de trepada en roca. Yo escalo algo (hasta el Vº+) y, si bien no es nada difícil, sí es muy disfrutona. Lo mas increíble desde arriba, es ver el Mont Blanc en toda su grandeza y toda la ruta de los cuatromiles, desde la mismísima Aiguille du Midi, pasando por el Tacul y el Maudit, hasta la cumbre y la bajada por la Arista de Les Bosses hacía le Gouter. Todo nos estaba acompañando, sobre todo la gente y el tiempo. Ver allí el Mont Blanc, a sólo dos días de nosotros, con aquel sol radiante, nos hacía sentirnos felices y a la vez inquietos, como si tanta suerte no pudiera durar mucho. Pero duró. Vaya que sí.

 

(Escalada en la Aiguille du Tour)

De regreso al refugio, en sus cercanías, llegó uno de los mejores momentos del viaje. Las prácticas de rescate en grietas y de autodetención con el piolet. No se trata de ver al guía cómo rescata a otro guía. Se trata de rescatar tú a alguien con el mínimo equipo que siempre debería colgar de tu arnés. El sistema es fácil, rápido, ingenioso y funciona de maravilla. Ves la montaña de otra forma cuando aprendes a hacer ese tipo de cosas. En mi caso, el único problema es que el que se lanzó por la grieta para ser rescatado fue el propio Marc, y a mí me tocó rescatarlo, sin tenerlo cerca para preguntarle dudas. Al final volvió sano y salvo, colgando de mi cuerda. Así pasamos todos de rescatadores a rescatados, una y otra vez, hasta que pillamos el truco. Acto seguido, nos empezamos a lanzar pendiente abajo por la nieve blanda, a toda velocidad, para aprender a detenernos con el piolet: de cabeza, de culo, de espaldas… Así, hasta hacer el movimiento casi maquinal. Nunca se sabe dónde o cuándo puedes tener una caída. Tras todo ello, calados hasta los huesos, volvimos al refugio, donde todos practicamos algo genuinamente español, como es la siesta. La cena también fue de escándalo.

(David y Luis en la cima de la Aiguille du Tour)

MIERCOLES 22 DE JUNIO

Comienza el día como a las 3 y media o cuatro de la madrugada. Luna llena. Cielo despejado. La visión del Plateau de Trient y las montañas que lo rodean, iluminado por la luz de la luna, no se me olvidará jamás. A la luz de los frontales, comenzamos la vuelta del macizo de Las Dorees, que se alza frente al refugio, al otro lado del Plateau. Se suceden los túneles y pasadizos de hielo, con paredes de más de 10 metros de altura. El descenso nos lleva al Glaciar de Saleina, desde donde se divisa la pendiente de hielo de la Aiguille de Argentière, de color anaranjado intenso por el amanecer. Son las 6 de la mañana y nos encontramos en el Vivác de las Dorees, aún en Suiza y, en breve, ascenderemos el corredor llamado Ventana de Saleina. Es realmente increíble, muy pendiente y largo, pero muy asequible. Nunca sentimos que se nos metiera por sitios más allá de nuestras limitaciones. Ni siquiera estuvimos cerca de ellas. Pero cualquier paso, corredor, cresta o cumbre de esa zona, es grandioso y sobrecogedor, y tremendas las sensaciones que uno siente al hacerse con ellos. De vuelta al Plateau de Trient , y posteriormente al Glaciar de Tour, regresamos al refugio del primer día, el Alberto Primero y desandamos el sendero de la primera tarde para volver a Chamonix.

 

Ya en Chamonix, te das cuenta de que es la víspera del gran día, de que el Mont Blanc esta ahí, 3800 metros por encima de tí, esperando... Rezamos para que la Meteo nos sea favorable, y casi no nos creemos lo que leemos: Night: clear and mild, Day: sunny and Hot, Wind: none. Lo tenemos ahí, lo vamos a conseguir…Todo esta a nuestro favor.

 

En el Hotel, supuse que en Chamonix no habría problemas de sequía, al meterme en la ducha durante casi una hora, porque tres días de alpinismo bajo el sol, producen consecuencias inevitables sobre el aroma y el aspecto corporal, y sólo tras 3 o 4 aplicaciones de champú, el pelo vuelve a ser pelo y no casco.

 

Con una ansiedad anticipatoria cada vez mayor, nos dedicamos a dar vueltas y vueltas sin rumbo por Chamonix, leyendo el parte de la meteo allí donde lo encontrábamos, simplemente por disfrutar viendo que las predicciones eran inigualables, a disfrutar de unas buenas cervezas mirando al Mont Blanc al atardecer y a paladear la sensación de ser unos afortunados por estar allí. En mi caso, llegué a Chamonix con un buen amigo y salí con un amigo para toda la vida. Nada hubiera sido igual sin las risas, el compañerismo, la inteligencia y la generosidad de mi buen David. Obviamente, no se puede decir que durmiéramos mucho esa noche. Yo subí y bajé del Mont Blanc unas 500 veces.

(Paso de Saleina)

 

 

JUEVES 23 DE JUNIO

Son las 08:00 de la mañana. El sol entra a raudales por la ventana. Hace calor en la habitación. Empezamos bien. Al pasar por recepción, la recepcionista nos pregunta cuál es nuestro destino. Da gusto decírselo a todo el mundo: El Mont Blanc. Sin embargo, vaya mazazo: la tormenta de la tarde pasada había averiado el teleférico de la Aiguille du Midi y no estaba claro que pudieran repararlo. Es difícil describir la ansiedad y, por qué no, la angustia que produce verte allí, a pocas horas de llegar al refugio de los Cosmiques, y no tener cómo, por una maldita avería. Decidimos salir a deambular por Chamonix, siempre con el optimismo de David en el bolsillo: ¿cómo van a perder la taquilla de un Jueves tan soleado? Seguro que lo arreglan. Y así fue. Al volver al hotel, la recepcionista llamó a la estación del teleférico y …el milagro técnico había ocurrido y el teleférico funcionaba sin problemas hasta la estación superior. Preparamos todos los petates y el material y, tras comer algo ligero, salimos con nuestros colegas belgas en dirección al teleférico, enfundados en nuestras prendas de gore-tex, con arneses y polainas y con las comodísimas botitas de plástico. Y todo a 30 grados, por las calles de Chamonix, entre japoneses con cámaras de video y franceses con bolsas de la compra. Menudo cuadro.

 

En la estación del teleférico espera el resto del grupo. Van llegando los guías. Allí estaba nuestro buen Jean Philippe, con sendos piolets de escalada en hielo para David y para mí. Por fin entramos en la cabina. Aquéllo corre que se mata, y en un santiamén estamos a más de 3800 metros y con un frío que pela. No hay descanso. Por grutas de piedra llegamos a una caverna de hielo que da salida a la arista de la Aiguille du Midi. Nos ponemos los crampones tan apretados como podemos. Comprobamos todo el equipo una y otra vez, nos encordamos y salimos a la arista. Es como un balcón al fin del mundo. Abajo, se abre el Valle Blanco. Enfrente, se alzan majestuosos les Grandes Jorasses y el Dent du Geant. Y hacia la izquierda, se cae a pico a Chamonix, 2800 metros más abajo. Es sobrenatural, de verdad. Único e increíble. Técnicamente no llega, ni siquiera, a la categoría de fácil, porque es un paseo. Pero el entorno lo convierte en un paseo sobrecogedor. También Armstrong caminaba en llano sobre la luna, pero es que era LA LUNA. Pues esto igual.

 

En una media hora ponemos los crampones en el llano de la Vallée Blanche, con una sudada descomunal. Son las cinco de la tarde y me siento feliz. El cielo está azul y, a unos 20 minutos, nos espera el refugio de los Cosmiques. Llegamos por fin y nos desembarazamos del material metálico y punzante y nos calzamos unas ¡¡¡chancletas de playa!!! como calzado para el refugio. Enseguida nos toca ya cenar. El comedor está hasta los topes, incluyendo unos cuantos reclutas españoles del destacamento de Jaca. Da gusto encontrar compatriotas, porque no habíamos visto más que uno o dos españoles en toda la semana. Cenamos, entre otras cosas, pollo al curry con piña. Después, salir a la terraza a ver, a casi tocar, el Mont Blanc de Tacul, a sentir el aire frío de esas alturas, a verse envuelto por la niebla una y otra vez, es otro momento inigualable, ... y ya he perdido la cuenta. La gente se va acostando, mientras en el comedor sólo van quedando los guías, como una raza aparte, reunidos en torno a un vino para compartir sus cosas, lejos de los oídos de sus clientes. Y, en una esquina, quedo yo, saboreando una y otra vez donde estaba, sin podérmelo creer. Afuera reina la niebla, pero las tardes de los Alpes son así. No me preocupa lo más mínimo. Night clear and mild, day hot, decía la meteo.

 

Decido que, por fin, es hora de acostarse, aunque no tengo la menor esperanza de dormir. David ya esta en la cama desde hace rato, pero sé que no duerme. Nos alegramos mucho de compartir esto juntos, por esta experiencia y por las que seguro vendrán.

 

La luz que entra por la ventana va cambiando de color: blanca, amarilla, dorada, anaranjada, morada y, por fin, se extingue. Unos roncan, otros se revuelven inquietos, algunos susurran al compañero. Sólo los guías duermen, creo.

 

VIERNES 24 DE JUNIO 

 

Las 00:30. A desayunar. Si me lo cuentan hace unos meses, no me lo creo. El comedor está aún más lleno. Los nervios hacen que la gente abulte más, si cabe. Pero nuestro Marc nos ha conseguido mesa y ya está trayendo los cuencos que habíamos pedido el día previo. Nuestros termos están listos. Nos ponemos como el quico, comiendo cuanto podemos y venciendo el nudo de nuestra garganta, pues estamos ante la actividad física más larga e importante de nuestras vidas.

 

En el cuarto de material suerte tendrás si alguien no te raja la femoral con un crampón o un piolet, porque la densidad humana es altísima para sólo 12 ó 13 metros cuadrados. Pero, antes o después, te colocas el equipo y sales a la fría noche del Valle Blanche. Las luces de Chamonix parpadean doradas en el valle. El cielo está más o menos despejado, aunque algunas nubes cubren ocasionalmente la luna. Es obvio que son restos de las tormentas de la tarde que aún no se han disipado. Recuerdo que hicimos una foto en la puerta del refugio para inmortalizar nuestras caras. Tremenda.

 

Comenzamos a descender hacia el llano, dejando alguna que otra tienda a nuestra izquierda y adelantando cordadas. Este Jean Philippe es una máquina. Vaya ritmo. Sin darnos cuenta ya estamos remontando el Mont Blanc de Tacul. La pendiente es dura y sostenida. Los enormes seracs se adivinan a los lados, pero no dan la cara a la luz de los frontales. El gusy luz es una línea interminable que se pierde tras el hombro del Tacul, a unos 4200 metros. La sensación de ver en el altímetro de mi muñeca cómo van cayendo los metros es maravillosa: 3700, 3900, 3980, 3990, 3995… “David, tío, estamos por encima de 4000 metros”. En aproximadamente hora y media desde el refugio, llegamos al Hombro del Tacul. Desde allí se divisan los valles italianos, donde el tiempo no es precisamente bueno, pero el mal tiempo está lejano. El frío sí que es intenso y sopla un viento helado y a rachas fuerte. Es alta montaña, qué esperas, me digo. Seguimos adelantando cordadas.

 

Empezamos a remontar las primeras pendientes del Mont Maudit a las 04:00 de la madrugada. También son duras y sostenidas. Si sigues el gusy luz con la vista llegas al Col Maudit, aún oculto por la noche, donde unos cuantos puntos de luz avanzan lenta, muy lentamente y luego se pierden.

 

El atasco de gente en la base del Col Maudit es monumental. Las primeras luces del amanecer nos muestran unas 80 personas esperando para encaramarse a aquella pared de nieve y hielo. Se han establecido 2, y hasta 3, líneas de ascensión en paralelo, pero aún así el ritmo es tedioso y el frío intenso.  Por si fuera poco, no está muy claro para dónde va a tirar el tiempo: aceptable en el lado francés, pésimo en el lado italiano. No sé cómo, pero nuestro guía, que no sólo es rápido sino más listo que el hambre, con un par de movimientos estratégicos y un poco de palique a un par de guías conocidos nos coloca en la línea de salida. Primero Jean Philippe, después David y por último yo. El Col Maudit es la parte más compleja de esta ruta al Mont Blanc. Son unos 70 u 80 metros de pendiente entre 50º y 60º. No es complicada técnicamente, pero tampoco hay que infravalorarla. Para los himalayistas será un paseo. Para los demás mortales, tiene su importancia, que no su peligro. Calculo que nos llevaría unos 20 minutos el alcanzar la parte alta del Col Maudit, pero perdí la noción del tiempo, la verdad. Llegó un momento en que dejé de mirar a la pared y vi a David y a Jean Philippe que, sonrientes, estaban sentados casi a horcajadas con una pierna en cada vertiente. Ya había amanecido. Hacia Chamonix había un cielo anaranjado imposible, y hacia el Mont Blanc…Mi madre!!! Ahí estaba la cumbre, blanca inmaculada, bajo un cielo azul perfecto, intenso, sin nubes. Estaba tan cercana que supe que lo habíamos conseguido. No quedaba ni hora y media. Nada de complicaciones del terreno.

 

Descendimos al Col de La Brenva, donde hicimos un pequeño descanso, bebiéndonos un delicioso té calentito, junto a unas gigantescas olas de nieve de más de 7 u 8 metros de altura, mirando, casi tocando, el Cervino y el Monte Rosa.

 

Allí me di cuenta de que el programa de Le Pays d’En Haut era perfecto. No habíamos notado en ningún momento los efectos de la altura. Nada de dolores de cabeza, ni de mareos, ni de nada. Y nos encontrábamos fuertes y preparados para acometer la última y fácil parte de la ascensión. Primero cayó el Mur de La Cote y, tras él, un zig zag tras otro nos dejaron en la cumbre del techo de Europa. Allí nos esperaba Jean Philippe armado con mi cámara para inmortalizar el momento de pisar la cumbre. No tenía por qué haber tenido ese detalle, ni haberse preocupado. Pero lo hizo. Y las fotos que ahora guardo son las más valiosas de mi vida.

 

No perderé el tiempo intentando describir lo que se siente en un momento así. Cada persona lo vivirá de una forma distinta, pero siempre indescriptible, única e irrepetible. Llegar a la cumbre es la culminación de meses de investigar en internet, de leer libros, de correr o andar en bici kilómetros interminables, de soñar con el momento. Es estar no más de 10 minutos a 10 bajo cero, disparando fotos sin cesar, llamando a la persona que mas quieres, abrazando fuerte al compañero, agradeciendo al guía que te haya ayudado a llegar y, sobre todo, por cómo lo ha hecho. Es perderse en un mar de montañas míticas a tus pies. Es sentirse alpinista, pensar en todas las cumbres que irán cayendo a partir de hoy. Fue, en mi caso, sentirme el hombre mas afortunado del mundo, no por lo que había hecho, sino por lo que me quedaba por hacer.

 

En definitiva, es la culminación de algo. De algo grande. De lo que cada uno quiera.

(En la cima del Mont-Blanc)

 

Con este relato, quizás apasionado, y hasta en algún momento sensiblón, sólo pretendo dos cosas: la primera, que todos aquellos que lo lean sientan que están ante una aventura única, que no debe ser tomada a broma y que no es apta para cualquiera, pero sí para mucha gente con ilusión, buena forma física y sentido común, y que tengan la ayuda de estos guías maravillosos. Y la segunda es agradecer a todo el equipo de Le Pays d’En Haut, en especial a Isabel, a Marc y a Jean Philippe, su profesionalidad, saber estar y saber guiar, su buen humor, su trato exquisito y su facilidad para convertir algo estupendo en algo único. No sé cómo serán los demás guías. Seguro que fantásticos, de verdad. Pero con Le Pays d’En Haut os sentiréis seguros, en buenas manos y os lo pasaréis genial.

 

Si a alguien le vale mi experiencia y disfruta como yo, bienvenido sea el rato que me he echado escribiendo este relato.

 

SUERTE.

 

 

Para mas información :

 

nuestro cursillo Mont-Blanc

 

Consulte nuestra ficha técnica detallada

 

Consulte nuestra ficha técnica de equipo individual

 

 

 

 

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