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El placer del Esquí de Travesía

El esquí de travesía se practica con esquís de pista, de un tamaño un poco más pequeño para que sean más manejables en todo tipo de nieve. Tienen la particularidad que están equipados con fijaciones que permiten caminar durante la subida (el talón se levanta y el esquí se desliza suavemente sobre la nieve) y esquiar en la bajada (la fijación se bloquea sobre el esquí, como una fijación de esquí alpino).

 

En subida se ponen las pieles autoadhesivas bajo los esquís para evitar que resbalen hacia atrás, y algunas veces cuchillas de nieve, que son una especie de pequeños crampones, que completan la adherencia de las pieles sobre una nieve dura o helada.

En la bajada se quitan las pieles y las cuchillas y una ligera capa de cera aumentará la sensación de deslizamiento en nieve polvo o en nieve de primavera.

 

El placer del esquí de travesía es polimorfo, empieza desde la salida del refugio, al despuntar el día, en el momento en que la traza se eleva a través de las pendientes de los altos pastizales y colinas, deslizándose hasta los puntos culminantes de las cimas. Los valles permanecen todavía sumidos en la sombra, sin embargo, los destellos de la aurora ya permiten vislumbrar las primeras cimas hacia las que su guía le llevará. La caravana se esparce durante la subida en zigzag, luego se reagrupa para efectuar una pausa, instante mágico en el que la luz del sol empieza a acariciarle. Al emprender de nuevo la marcha, a medida que se acerca al punto culminante de la etapa se van desvelando ante los ojos nuevas cadenas de montañas hacia el levante o hacia el poniente, y cada uno da libre curso a su imaginación haciendo proyectos de ascensiones o bajadas. Después se llega al puerto o a la cima. Se quitan las pieles de los esquís, cada uno se restaura y se reposa antes de comenzar el descenso. Quizás la nieve sea ligera y fácil, otras veces más difícil de esquiar, pero lo más importante es dejar su propia traza, firma efímera en un mundo en donde el caminante no hace mas que pasar, sometido al frío de la altura, al mordisco del viento y a la quemadura del sol, pero completamente feliz, en armonía con la montaña y consigo mismo.

 

Cada noche se reposará en un albergue de etapa o en un refugio custodiado, donde reina la camaradería y el compañerismo, y en donde, sentado en la mesa, podrá escuchar a su guía contarle historias de esquí y de viajes, y también el detalle de las diferentes "comidas" de la jornada.

 

Durante los fines de semana o cursillos de iniciación o de perfeccionamiento, la carga se limita a lo que se necesite en el día: chubasqueros, cantimplora y víveres para la caminata. En los recorridos, las etapas se han estructurado para limitar la carga al mínimo indispensable.

 

Si le agrada este tipo de ambiente tan particular, si le apetece vivir estas jornadas de esquí de travesía que tanto nos gustaría prolongar indefinidamente, entonces sea Bienvenido. 

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